La ciberculturalidad al palo

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La palabra palo significa muchas cosas, pero “estar al palo” quiere decir en Argentina estar muy acalorado a nivel sexual (en España dirían “cachondo”), aunque también se suele usar en otras situaciones de gran excitación … En este caso, los que tienen las hormonas excitadas son nuestros amigos de la revista Wired.

Hay números de Wired que pasan sin pena ni gloria; otros entran en la historia como números “bisagra”, que abren nuevas temáticas o rediseñan el mapa cibercultural. El número de junio pertenece a este segundo tipo. No sabemos si por efecto de la crisis económica, el triunfo de Obama o la caída de ventas de la revista, los muchachos de Silicon Valley están dispuestos a construir un nuevo socialismo.

1) The New new economy: desde hace más de un año comencé a definir a la comunicación en dispositivos móviles como el “new new media”; ahora Chris Anderson me copia (;-) y habla de “new new economy”. El texto de Anderson -autor de clásicos como The Long Tail y del futuro Free- es una breve introducción a los tres artículos que siguen…

2) Beyond Detroit de Charles Mann presenta la clave para relanzar la industria automovilística de Estados Unidos: adoptar el modelo de la industria informática basado en la descentralización y la producción de componentes modulares de alta tecnología. Entre otras cosas, Mann sostiene que “automakers will need to transition from a vertical, proprietary, hierarchical model to an open, modular, collaborative one, becoming central nodes in an entrepreneurial ecosystem”.

Si Henry Ford se levantara de la tumba, le vendría un colapso: Mann propone justamente desmembrar los grandes colosos (que están cayendo como moscas) y crear empresas-red en la línea de Manuel Castells. Esto permitiría incrementar la innovación del sector, aumentar la variedad de modelos y reducir costos. En ese contexto, las grandes empresas pueden llegar a desaparecer: “What is good for the country may be no longer good for General Motors” sentencia Mann.

3) The Secret of Googlenomics de Steven Levy es un texto que profundiza en el modelo de negocios de Google basado en las “auctions” (subastas) de las palabras. Partiendo de la figura Hal Varian, el economista de Berkeley contratado por la empresa hace unos años, el autor analiza la evolución del modelo de Google tanto en sus aspectos macroeconómicos (”regalar” sus aplicaciones a los usuarios) como microeconómicos (vender anuncios organizados a partir de las búsquedas de los usuarios).

El sistema de subastas es explicado con lujo de detalles y queda muy claro cómo Google se ha convertido en un sistema que se analiza a sí mismo para mejorar su performance: “it’s a system of constant self-analysis: a data-fueled feedback loop that defines not only Google’s future but the future of anyone who does business online”.

Google cuenta con decenas de estadísticos y econometristas que trabajan en el perfeccionamiento de su sistema de gestión de datos, de los cuales extraen parámetros y tendencias que lo realimentan y perfeccionan. Levy cita a uno de sus entrevistados -”Google is the barometer of the world”- y no duda en afirmar el nacimiento de la Googlenomics.

4) The New Socialism de Kevin Kelly es el artículo más utópico de este paquete. Según KK la Wikipedia, Flickr y Twitter son algo más que un nuevo paradigma de comunicación basado en las redes sociales: ellos son la vanguardia de un movimiento cultural socialista. Si, leyeron bien… obviamente, nos tranquiliza Kelly, este socialismo será simpático, no tendrá planes quinquenales y no avasallará a los individuos. El nuevo socialismo digital nunca gritará “Yanqui go home”; por el contrario, “digital socialism may be the newest American innovation”.

En este nuevo contexto la Wikipedia es un ejemplo de “colectivismo emergente”, al cual se debe sumar la licencia Creative Commons, los sistemas P2P y otras experiencias basadas en las interacciones sociales online. Kelly reivindica a Clay Shirky y levanta las nuevas banderas: cooperación, colaboración y colectivismo. A través de una tabla -similar a la que creó O’Reilly para oponer la web 1.0 a la web 2.0- Kelly marca las diferencias entre el Old Socialism y el New Socialism, y anuncia: “the force of online socialism is growing. Its dynamic is spreading beyond electrons -perhaps into elections”.

En el cuarto capítulo de Hipermediaciones reflexioné bastante sobre los mitos ciberculturales, analicé uno de ellos (”Internet se difundió más rápido que el teléfono, la radio y la televisión”) y propuse una clasificación basada en las teorías de Jacques Ellul. En esta serie de artículos de Wired -como en casi todo el discurso cibercultural- se mezcla el relato utópico con el científico, la Fe ciega en el futuro con la reflexión más calmada de los procesos de digitalización y el texto polémico con el análisis pormenorizado de una experiencia innovativa. Son lecturas necesarias a condición de que activemos una mirada transversal, descolocada, que separe la paja del trigo.

Al final del capítulo 4 de Hipermediaciones escribí lo siguiente: “… no podemos limitar la investigación de las nuevas formas de comunicación digital e interactiva a la aplicación de los viejos modelos de las teorías de la comunicación de masas, pero tampoco podemos diluir esos estudios en el crisol de los nuevos paradigmas ciberculturales de moda, los cuales resultan difíciles de integrar en un cuerpo teórico sólido ni presentan un perfil metodológico claro. Una teoría de las hipermediaciones debe saber moverse en este terreno discursivamente pantanoso, consolidando una sólida red de interlocutores a partir de los cuales comenzar a construir su propio recorrido epistemológico”.

En eso estamos.

Carlos Scolari
Doctor en Lingüística Aplicada y Lenguajes de la Comunicación.
Profesor titular de Teorías de la Comunicación y Fundamentos de Comunicación Digital en la Universitat de Vic.
Coordinador del Grup de Recerca d’Interaccions Digitals (GRID).

* Publicado originalmente en http://hipermediaciones.com/ y reproducido con permiso del autor.

El estudio de los viejos y de los nuevos medios: disparadores sobre la situación actual

A medida que, cotidianamente, los nuevos medios van dejando de convertirse en profecías de un futuro lejano y se van consolidando como alternativas que, cada vez más, disputan su espacio en la vida social a los tradicionales medios masivos, una lucha entre dos tendencias analíticas de estos últimos años ha comenzado a definirse.

Esas tendencias pueden ser caricaturizadas de la siguiente forma: a) la de quienes hace años optaron por concentrarse decididamente en los nuevos medios y, ya sea implícita o explícitamente, abandonaron el estudio de los medios masivos (tendían a considerar a los otros, los de la tendencia b., como figuras desactualizadas) y, b) la de quienes negaban a los nuevos medios suficiente peso, consistencia e interés, y a sus estudiosos suficiente seriedad (estos tendían a su vez a conceptuar a los otros despectivamente bajo el mote de “gurúes” que vivían “atrás de la moda de lo nuevo”). Hoy, es evidente que quienes se inscriben en b) han perdido. Pero la pregunta de fondo es: los que inscriben en a) ¿han ganado?

Creo que no. Un síntoma es que hoy los proféticos tienden (al menos muchos de ellos) a suavizar su discurso. Pareciera como si esos discursos fueran progresivamente menos proféticos (cada vez menos el gesto “X, que se lanza mañana, va a cambiar todo”) y empezaran a concentrarse cada vez más en aspectos que antes no recibían la misma atención: se describen más la operatorias sociales que se ponen en juego (y entonces se descubre que la cultura de la lectura y la escritura, milenaria, es la que con todo ha regresado); se reconoce más que lo que Internet ofrece es, bajo un nuevo sistema de intercomunicación, menos centralizada, una articulación entre medios nuevos y viejos (es, entonces, por ejemplo, cuando comienza a hablarse de Facebook ya no sólo como una red social (que lo es), como “lo nuevo” (que es) sino, también, como ese espacio que articula (entre otras cosas), fotografías, correos, el álbum de familia tradicional revitalizado, operatorias de apropiación e intervención múltiples y (por todos lados) escritura). Una mezcla de la que, como se ve, no se puede dar cuenta fácilmente sólo con la denominación “digital” (que no parece alcanzar a definir a los nuevos medios, porque todo puede ser digitalizable). Y que produce sujetos productores y receptores que operan tanto saberes de la era “digital” como de la “analógica”.

En este contexto me animo a decir que, personalmente, apuesto a una tercera posición: la de quienes están convencidos que es necesario atender, ante todo, a las relaciones que, en el nuevo sistema de medios de comunicación que convulsivamente se está generando, se producen entre los viejos y los nuevos medios (dentro y fuera de Internet).

Esta posición acepta que los nuevos medios necesitan urgentemente de una conceptualización que supere nuestra operatoria cotidiana (por consiguiente, los esfuerzos de quienes desde hace años se han inscripto en la primera tendencia merecen, en la medida en que sus aportes fueron significativos, ser reconocidos).

Pero, por otro lado, es consciente de que como los medios masivos difícilmente desaparezcan (de hecho, son parte fundamental de Internet), su estudio no debe ser abandonado, todo lo contrario: cree que cada vez es más necesario volver a los ensayos fundamentales que a ellos se han dedicado, con vistas a alumbrar, ahora que es posible, una “arqueología de los medios masivos” que nos revele qué fue lo que estos medios significaron, es decir, cuál fue el tipo de esfuerzo y apuesta que nuestra cultura, principalmente durante el siglo XX, con tanta vocación realizó.

¿Por qué “ahora que es posible”? Porque es justamente la emergencia de los nuevos medios la que termina de completar el sistema con el cual los medios masivos deben ser comparados.

¿Por qué el estudio de los nuevos medios la necesita? Porque nos permitirá terminar de comprender el estatuto de los nuevos medios, dado que es ante los medios masivos, ante todo, que esos medios definen su estatuto y lugar en la vida social.

Mario Carlón
Profesor Adjunto de Semiótica de los Medios I en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA)
Investigador del Instituto Gino Germani, donde dirige actualmente el Proyecto Ubacyt S417 “Mundo del Arte/Mundo de la Información”.

Lo real, lo virtual y la percepción de lo verdadero en la era de los medios digitales

Si bien las computadoras son dispositivos a través de los cuales nos aproximamos a la realidad (Levis, 1999), además reconocemos al entorno digital como una representación de la realidad. En este entorno, las instituciones, las empresas o los individuos pueden representarse de manera independiente a su realidad institucional (Chaves, 1988). Desaparecidas las nociones de “chica, mediana o grande”, en el mundo representacional de las interfaces, las empresas e instituciones pueden darse a conocer como artificios (Méndez/Pimentel, 2000), mientras que las personas son capaces de construir realidades artificiales a través de sus conversaciones en chats, sus perfiles de mensajeros instantáneos o de redes sociales como Facebook o Twitter.

En 2008, un ejercicio de experimentación en la asignatura de grado Diseño Multimedial del Instituto Universitario Nacional del Arte, dió cuenta de esto. A través de este ejercicio, los estudiantes se proponían crear, proyectar y gestionar un personaje virtual, a partir de palabras clave que surgieron de un esquicio en clase basado en una lógica de cadáver exquisito. A través de tarjetas con 8 conceptos escritos de forma automática, se construyó un personaje, que tenía que gestionar su propia imagen en la red, a través de redes sociales y de interacciones con demás usuarios “reales”. Al cabo de pocas clases, estos personajes virtuales comenzaron a sumar en sus “perfiles” una serie de contactos interesados en interactuar con ellos, sumarlos a sus perfiles personales e incluso tomar contacto físico. Evidentemente, el contacto físico no prosperó. El ejercicio terminó, los personajes se desvanecieron entre los datos perdidos de la red, mientras que los usuarios “reales” siguen usando los mismos medios de comunicación, en donde el spam, puede no solo referir a “información basura”, sino también a “perfiles basura”.

Perfil de personaje virtual. Estudiantes: Azucena Losana y Joaquín Wall, Docente: Mariano Cataldi, Cátedra Pimentel, Artes Multimediales, IUNA, 2008.

Perfil de personaje virtual. Estudiantes: Azucena Losana y Joaquín Wall, Docentes: Mariano Cataldi y Gonzalo Muñiz. Cátedra Pimentel, Artes Multimediales, IUNA, 2008.

Este ejercicio experimental forma parte de un contexto de reflexiones que se vienen realizando desde hace algunos años, especialmente orientadas a la búsqueda e identificación de conceptos que se relacionan con el pensar y hacer del diseño y del arte en el marco de lo que llamamos Cultura Digital. El artificio de la imagen de representación, encarnada en las interfaces digitales a través de las cuales nos aproximamos a “la realidad”, nos hace reflexionar acerca del par conceptual “verdad-mentira” (Pimentel, 2009).

Comentarios dejados por usuarios "reales", en base a contenido publicado por un usuario virtual. Créditos: idem figura anterior.

Comentarios dejados por usuarios "reales", en base a contenido publicado por un usuario virtual. Estudiantes: Azucena Losana y Joaquín Wall, Docentes: Mariano Cataldi y Gonzalo Muñiz. Cátedra Pimentel, Artes Multimediales, IUNA, 2008.

Acerca de este par dialógico, encontramos ejemplos que arrojan algunos datos interesantes de señalar. En el año 2006, el fotógrafo Adnan Hajj, de la reconocida agencia de noticias Reuters, publicó una serie de fotografías de un bombardeo israelí a Beirut. Sin embargo, este fotógrafo utilizó herramientas rudimentarias de clonación de pixels en fragmentos de la fotografía original, con la intención de exacerbar el humo del bombardeo.

Imagen alterada (izquierda) y original (derecha). Fuente: http://zonezero.com/magazine/articles/seelye_bosman/indexsp.html

Imagen alterada (izquierda) y original (derecha). Fuente: http://zonezero.com/magazine/articles/seelye_bosman/indexsp.html

La agencia Reuters, a partir de una denuncia realizada por un blog (http://littlegreenfootballs.com/weblog/?entry=21956_Reuters_Doctoring_Photos_from_Beirut&only), admitió la falsedad de la “información”. La dimensión técnica nos hace preguntar: ¿Cómo pudo ser tan pobre la herramienta de clonación para obtener un resultado tan evidente? La dimensión humana nos hace preguntar ¿Qué necesidad hay de exacerbar el efecto de un bombardeo en población civil, si el mismo hecho resulta condenable?
Aparentemente el grado de “espectacularidad” de la pieza fotográfica, no resultaba suficiente.

Lejos de esta realidad bélica, en nuestro contexto argentino, también tenemos nuestras pequeñas construcciones artificiales a través de la manipulación de las herramientas de retoque digital de imágenes.

Tapa del Diario deportivo Olé, lunes 11 de mayo de 2009

Tapa del Diario deportivo Olé, lunes 11 de mayo de 2009

El 11 de mayo de 2009, el Diario deportivo Olé publicó una nota en su tapa titulada “la bandera que faltaba”, donde se mostraba una foto de una bandera desplegada por la hinchada del Club River Plate antes del partido, y se señalaba “El documento fotográfico que consiguió Olé refuta la sospecha de que la puesta en escena fue premeditada y organizada por los directivos oficialistas, aunque, a la vez, los incrimina. ¿Por qué la barra retiró el único trapo que criticaba a la dirigencia?” (http://www.ole.clarin.com/notas/2009/05/12/futbollocal/01916460.html).

Ese mismo día, durante la tarde, en el canal de noticias TN se hizo referencia a la bandera. Sin embargo, la barra nunca “retiró” una bandera, ya que ésta jamás existió, el “documento fotográfico que consiguió Olé” resultó no refutar absolutamente nada: un internauta, fanático de los millonarios de Núñez publicó en un blog esa imagen alterada con Adobe Photoshop y el Diario la publicó en la tapa del día siguiente. En este caso, la información proveniente del entorno digital, falseada pero convincente, se materializó en un medio periodístico en su versión papel.

Imagen origina (izquierda) y alterada (derecha), publicadas por su autor en un blog de simpatizantes del club river Plate: http://www.turiver.com.ar/foros/campo-de-juego/45905-mi-foto-photoshopeada-en-ole-increible.html

Imagen origina (izquierda) y alterada (derecha), publicadas por su autor en un blog de simpatizantes del club river Plate: http://www.turiver.com.ar/foros/campo-de-juego/45905-mi-foto-photoshopeada-en-ole-increible.html

Como en el caso de la Agencia Reuters, la denuncia sobre la imagen falsa publicada por Olé, también se realizó a través de un blog. La aproximación a la realidad que tenemos desde la cultura mediática nos hace partícipes de una realidad relativa, de una información virtualmente “real”, hasta que se demuestre lo contrario.

Diego Pimentel

Coordinador del Posgrado de Diseño Digital, FADU UBA.
Profesor Titular, Instituto Universitario Nacional del Arte.

Referencias

. Levis, Diego (1999): La pantalla ubicua, Ed. La Crujía, Buenos Aires.
. Chaves, Norberto (1988): La imagen corporativa, Ed. Gustavo Gili, México.
. Méndez, Ricardo / Pimentel, Diego (2000): Internet: Características de la Información, de la Base de Datos al e-Commerce, III Congreso Internacional de Gráfica Digital, SIGRADI, Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil.
. Pimentel, Diego (2009): Acerca de la generación del conocimiento en el
contexto de la sociedad de la información, Resultados de la investigación “Aplicabilidad de los sistemas multimediales en la enseñanza de los lenguajes visuales y la producción de imágenes”, en el marco del Área Transdepartamental de Artes Multimediales del IUNA.

El papel de la Universidad en la construcción de su identidad digital

La Universidad se ve en la necesidad de adaptarse a un entorno abierto de colaboración donde la producción y la divulgación del conocimiento no son procesos exclusivos de las instituciones científicas tradicionales.  Su participación en la sociedad red pasa por construir una identidad digital que entre en diálogo con todos los actores y participantes en la construcción de conocimiento. Para ello necesita redefinir su papel en la sociedad y tomar decisiones clave sobre su postura ante los elementos característicos de la cultura digital: la participación, la remediación y el bricolaje. Esta identificación requiere un cambio de actitud radical en cuestiones como son la representación colectiva de las identidades distribuidas de sus miembros, la adopción de sistemas de Open Access para fomentar el acceso libre al conocimiento y el uso de tecnologías abiertas para la producción del mismo. En este artículo se defiende la identificación de la Universidad como agente activo en la cultura digital adoptando un papel de comisariado para construir y promover contextos flexibles que permitan el trabajo colaborativo en red y atraer la innovación creativa desde fuera de sus límites organizativos.

Introducción

La sociedad red se distingue por una nueva cultura digital, donde se desarrollan modelos abiertos de información y se valora la capacidad para compartir y construir conocimiento de forma colaborativa. Estas dinámicas propias de esta sociedad globalizada y digital también cuestionan los modelos tradicionales de autoridad y reputación, lo cual tiene consecuencias directas en todos los sectores sociales implicados en la generación y divulgación de conocimiento. Este nuevo entorno tecnosocial, fuertemente mediado por la tecnología digital y las prácticas sociales que genera, requiere nuevas competencias por parte de las instituciones educativas para saber gestionar el riesgo y liderar el cambio en espacios híbridos donde lo público y lo privado conviven y donde cada vez es más difícil controlar los flujos comunicativos. Entre ellos se encuentran las universidades que deben además ayudar a analizar y comprender los cambios sociales y contribuir a la formación de una ciudadanía digital. En este contexto de conocimiento abierto, interacción libre y oportunidades de aprendizaje informal, la Universidad se encuentra en un momento crítico para redefinir su papel en la sociedad de modo que pueda competir en un mercado globalizado. No olvidemos que la Universidad está fuera de los ciclos de enseñanza obligatoria, por lo que su razón de ser y de existir requiere de cierta legitimación social. Esto implica diferenciarse y establecer sus reglas de juego en un entorno donde el conocimiento no le es exclusivo y donde compite no sólo con el resto de instituciones de educación superior, sino también con otros espacios de aprendizaje más dinámicos e innovadores.

La imagen que sea capaz de proyectar, negociar y compartir en un sistema abierto no depende de los departamentos de comunicación corporativa, sino que tiene que partir desde abajo, desde el autorreconocimiento, compartiendo identidad y demostrando una actitud abierta y flexible frente a los riesgos que ello pueda generar. Ser y estar en la Red va mucho más allá de multiplicar el discurso institucional en los diferentes canales en línea. Supone, por el contrario, conocer el medio, sus prácticas, tomar una postura con respecto a las mismas y construir una identidad acorde con una cultura digital interiorizada que se base en la transparencia y la coherencia.

El reto es doble puesto que no sólo tiene que cambiar su modelo y sus prácticas para competir en una sociedad dominada por la economía del conocimiento, sino que también debe dar respuesta a su responsabilidad de formar y educar para la sociedad en la que se enmarca, lo cual pasa irremediablemente por integrar la propia cultura digital como un elemento curricular indispensable (Lara, 2007).

La identidad de la Universidad en la cultura digital

«La identidad no es lo que permanece necesariamente “idéntico”, sino el resultado de una “identificación” contingente. Es el resultado de una doble operación lingüística: diferenciación y generalización. (…) Estas dos operaciones están en el origen de la paradoja de la identidad: lo que hay de único es lo que hay de compartido.» (Dubar, 2002, pág. 11)

En su libro La crisis de las identidades. La interpretación de una mutación, el sociólogo Claude Dubar mantiene que las formas identitarias tradicionales, principalmente las «culturales» y «estatutarias», están en crisis y no sirven para definirnos, identificar a los otros y comprender el mundo. Por el contrario, sostiene que serán las formas identitarias «reflexivas» y «narrativas» las que nos podrán ayudar a darle sentido.

En la toma de decisiones de todo proceso identitario clásico «cómo soy, cómo me veo, qué quiero que los demás vean de mí y cómo me muestro», la Universidad tendrá que hacerse una serie de preguntas para redefinirse en la construcción de su identidad digital: cuál es mi papel en la sociedad, cómo puedo competir en una economía del conocimiento, qué valor específico ofrezco a la sociedad en la que me inscribo y, finalmente, cómo me enmarco y relaciono dentro de las prácticas de la cultura digital.

Es importante señalar que la identidad digital no es un campo exclusivo de las personas. También las empresas, los Estados y las instituciones deben tomar decisiones sobre la construcción y gestión de su identidad digital con respecto a las dinámicas de la sociedad red. En el caso de la Universidad, tiene que ver con cómo se diferencia de otras universidades y cómo se reconoce a sí misma tanto hacia dentro como hacia fuera en un contexto de cultura digital. Cuando hablamos de identidad digital no nos referimos a tener «presencia en línea» como equivalente a abrir perfiles en todas las plataformas de publicación en internet, ya sea un grupo en Facebook, una cuenta en Twitter o un canal en YouTube. El concepto de identidad digital es mucho más amplio y radical. Tiene que ver con la identificación que la propia institución hace de sí misma dentro de la cultura digital y con la postura que sea capaz de definir, apoyar, mantener y proyectar con respecto a su forma de relacionarse con las personas, con los contenidos y con las estructuras de producción y divulgación del conocimiento.

Cultura digital: participación, remediación y bricolaje

Siguiendo a Mark Deuze (2006), podríamos entender la cultura digital como una serie de valores, normas, prácticas y expectativas compartidas (y constantemente renegociadas) con respecto a la forma en que la gente (debería) actuar e interactuar dentro de la sociedad red contemporánea. Para este autor, los componentes principales de las prácticas en la cultura digital son la participación, la remediación y el bricolaje. Según Deuze, estos elementos se definen de la siguiente manera:

* La participación se refiere a la capacidad que tienen las personas de intervenir como agentes activos en el proceso de creación de sentido y se relaciona directamente con la posibilidad de acceder a la publicación abierta, a la producción colaborativa multimedia y a la capacidad de actuar en los procesos abiertos de toma de decisiones.

* La remediación se refiere a la capacidad que tienen las personas para modificar, manipular y reinterpretar la realidad de modo que puedan generar nuevos sentidos fuera de las formas tradicionales.

* El bricolaje implica una actitud activa y reflexiva en la recomposición que las personas hacen de su visión particular de la realidad. El concepto de bricolaje se relaciona con las prácticas y nociones de lo prestado, lo híbrido y la mezcla, por lo que se enfrenta al propio concepto de originalidad como emblema de calidad. De fondo se encuentra una actitud que prefiere el ensamblaje y disponer de muchas copias buenas a un original malo.

Dentro del contexto de este artículo, nos interesa partir de estos tres elementos para analizar en qué sentido estas características propias de la cultura digital se relacionan con la crisis de identidad de la Universidad y con sus posibilidades de reafirmación como institución de producción y divulgación del conocimiento en el siglo XXI.

Participación. Las personas como sujetos de conocimiento

Las universidades son espacios de construcción del conocimiento donde uno de sus valores fundamentales son las personas que intervienen en el proceso. Entre los colectivos
implicados en la comunidad universitaria podemos distinguir a los internos (alumnos, profesores, investigadores, personal de servicios, etc.) pero también a los externos con los que forman redes sociales en su actividad habitual. Todos ellos son actores en la cultura digital y contribuyen con sus propios contenidos y relaciones a la participación de la misma. La tendencia a la individualización y la personalización debe ser tenida en cuenta en las estrategias que diseñe la Universidad para configurar su identidad digital a partir de las identidades individuales de sus miembros. Aflora aquí una tensión propia de la sociedad contemporánea, entre lo individual y lo colectivo, como dos aspectos que están llamados a realimentarse mutuamente sin que esto suponga disolución de sus identidades particulares:

«(…) las “identidades colectivas”, heredadas del periodo precedente han sido desestabilizadas, desestructuradas y a veces destruidas. El individualismo parece triunfar en todas partes. Y, sin embargo, todas las formas de individualización (de la vida privada, del empleo, de las creencias…) no significan no sé qué tipo de triunfo del “individuo” sobre lo “colectivo”. Menos que nunca, la oposición individuo/colectivo no permite comprender los procesos en curso y las crisis que suscitan. El individuo no reemplaza al colectivo.» (Dubar, 2002, pág. 251).

Esta relación se traduce por construir una identidad sostenible, auténtica y transparente a partir de la suma de las identidades individuales que la conforman como comunidad.

Por tanto es fundamental que permita, abrace e incluso promueva la creación de vínculos sociales en el espacio digital. Siguiendo a Dubar, podríamos decir que la Universidad no tiene que inventar un lenguaje nuevo para narrarse en la sociedad digital, sino reconocer el lenguaje de sus miembros, darles una cobertura identitaria y una referencia de pertenencia sin que esto suponga obligarles a la uniformidad. En otras palabras, construir una identidad individual propia a partir de la identidad distribuida de las personas que la componen:

«El sujeto que aprende debe construir y apropiarse de su propio lenguaje, el lenguaje de su identidad personal, lo que se convierte en un proceso vital que las instituciones deben poder reconocer. Aprender a decirse se convierte en una clave esencial de las relaciones societarias, tanto en la esfera privada como en la profesional o pública. No se trata para el sujeto, con la ayuda de sus formadores, sólo ni principalmente de aprender una lengua, sino de apropiarse de los lenguajes y acceder a su propia expresión.» (Dubar, 2002, pág. 255).

Esto también implica tomar una posición de liderazgo en la gestión de la incertidumbre y servir como punto de referencia a sus miembros, con planes de formación integrales en competencias digitales que engloben capacidades técnicas, cognitivas y sociales. En este sentido, hay universidades que han tomado la iniciativa haciendo de puente con la cultura digital. Podemos poner como ejemplo el proyecto Digital Tattoo de la University of British Columbia, donde se ha elaborado un portal para explicar a la comunidad universitaria la importancia de la huella digital en Internet y ofrecer consejos para trabajar en red aprovechando las oportunidades que esto supone para la vida profesional. El espacio está estructurado en cuatro áreas (proteger, conectar, aprender y trabajar) y trata temas como la seguridad en línea, la construcción de la identidad digital, el uso de software social para el aprendizaje y la gestión de técnicas para buscar un empleo.

Remediación. Los contenidos como objetos de conocimiento

La Universidad es un espacio donde se trabaja principalmente con información y se generan nuevos sentidos a partir del pensamiento científico. Sus sistemas de validación y reproducción del saber han sido fuente de reputación durante siglos. Sin embargo, los procesos científicos están siendo cuestionados en la actualidad, tanto en lo referente a sus actores como en la aplicación de sus métodos y en la forma de ser comunicados. Esta revisión agrava además una crisis latente en los sistemas de autoridad clásicos, puesto que los sujetos encuentran canales más rápidos y flexibles donde negociar sentidos y estándares de calidad en un proceso histórico en el que la objetividad como parte del proceso científico lleva varios años siendo cuestionada:

«Desde la Ilustración, verdad y objetividad se abrazan y confunden. La alianza que se teje entre auctoritas y veritas arroja al mundo de lo opinable todo cuanto escape del reino de la ciencia. […] Nuestro argumento aquí involucra dos dimensiones del quehacer científico: de una parte, la naturaleza privada de la investigación y, de otra, el carácter público que debe tener su legitimidad. Pues la evidencia no es el resultado de la actividad de un sujeto, sino que emerge en la transición desde lo privado a lo público. O en otras palabras, en el trayecto que va desde la meditación a la reputación.» (Lafuente y Pimentel, 1998).

En este contexto la Universidad se enfrenta al dilema de revisar sus sistemas de acceso y reputación al mismo tiempo que propone y practica nuevos sistemas más acordes con la cultura digital. Centros de investigación como la Universidad de Harvard y en España el CSIC han optado por el Open Access como opción predeterminada, dando un paso al frente en su identificación como repositorios abiertos de su propia producción científica y desafiando de esta forma el sistema de validación que ha sostenido tradicionalmente el saber científico: el circuito de la publicación académica.

Estos movimientos se enfrentan con uno de los principales escollos a superar para la libre circulación de ideas como es el sistema legal de la propiedad intelectual. Por eso se han desarrollado iniciativas como el Copyleft y específicamente fórmulas como las licencias Creative Commons que permiten introducir matices y posibilidades entre la producción, el consumo y la reutilización de los contenidos.

Como hemos visto, el valor comercial no parece sostenerse en la protección de los contenidos, lo cual obliga a la Universidad a cambiar su modelo de negocio para pasar de rentabilizar los productos a rentabilizar los procesos. El proyecto OpenCourseWare impulsado por el MIT hace unos años, donde se publican los cursos en abierto a disposición de cualquier persona, ha demostrado que este tipo de iniciativas no sólo no redundan en un descenso de matriculaciones oficiales, sino que sirven para fortalecer la identidad digital de la institución. En este caso concreto se ha demostrado que el valor está en la interacción que genera la Universidad, gracias al contexto de aprendizaje y relación social que se produce en su espacio (Pernía y Marco, 2007).

Bricolaje. Tecnologías y estructuras para el conocimiento

El bricolage digital necesita de espacios, herramientas y estructuras flexibles que permitan la reapropiación del conocimiento distribuido. Entre estos medios para la acción cabe hablar de tecnologías digitales pero también de la propia organización interna de las instituciones.

Las universidades dependen de una serie de recursos técnicos para integrar eficazmente las tecnologías de la información y de la comunicación en su gestión y metodologías. A menudo observamos la escasez de políticas universitarias para dotar a sus miembros de espacios tecnológicos para el trabajo colaborativo. La reacción de éstos, en cambio, es expandirse fuera de los muros académicos buscando herramientas en medios sociales como pueden ser el uso de blogs, wikis y demás herramientas digitales de comunicación y producción social (Lara, Freire y Martí, 2007). En un entorno de software social deberíamos cuestionar hasta qué punto tiene sentido seguir con el modelo de laboratorio cerrado y valorar, en cambio, la posibilidad de optar por el software libre como una apuesta tecnológica de base cultural.

Para una universidad del siglo XXI, una estrategia de intento de control y cercamiento de las actividades expandidas de sus integrantes por el espacio de dominio público digital no resulta conveniente y ni siquiera factible. Esto hace que las plataformas virtuales privadas que se integran de manera «oficial» acaben siendo cárceles de relaciones y espacios inertes donde colgar materiales descontextualizados. Una de las oportunidades de las universidades en este sentido es fomentar la experimentación con las herramientas de producción colaborativa y situarlas dentro de un contexto de renovación metodológica que prime el aprendizaje social desde una perspectiva constructivista (Lara, 2005).

Los espacios de la Universidad también necesitan ser redefinidos para ganar en agilidad y capacidad de adaptación. La propia arquitectura de los edificios, el diseño de los despachos o la distribución de las aulas, sean presenciales o virtuales, responden a un modelo de educación tradicional alejado de las necesidades de la sociedad red: trabajo en equipo, colaboración, aprendizaje por proyectos, simulación, innovación, etc. A esto se añaden los modelos organizativos de la Universidad, que con sus estructuras jerárquicas y piramidales (rectorados, decanatos, departamentos, etc.) suponen también un elemento de fricción para avanzar en la adaptación a la sociedad red.

Por tanto, más que hablar de desarrollos tecnológicos, deberíamos referirnos a la capacidad para dinamizar estructuras que sostengan el pensamiento distribuido en red, para localizarlo y agregarlo construyendo espacios de identidad digital académica colectiva. Una posible solución a estas limitaciones puede ser el desarrollo de alianzas de colaboración con otros agentes culturales que se encuentran fuera de las estructuras regladas y que están contribuyendo también a la formación y construcción del conocimiento (medialabs, asociaciones culturales, living labs, etc.).

A modo de conclusión. La Universidad como comisaria digital

Teniendo en cuenta los elementos constitutivos de la cultura digital que hemos abordado en este artículo –participación, remediación y bricolaje–, la Universidad tiene la responsabilidad de definir su identidad digital a partir de las decisiones que tome con respecto a los procesos de identidad de sus miembros, su relación con el conocimiento abierto y su capacidad para flexibilizar sus estructuras internas. En este proceso de reconfiguración dentro de la cultura digital, la Universidad no se concibe como el lugar donde se accede al conocimiento –al menos no en el sentido clásico y tampoco de forma exclusiva–, sino como un espacio de experiencia de aprendizaje y construcción colaborativa del mismo.

Las prácticas de remediación y bricolaje necesitan cada vez más de datos abiertos y maleables que permitan su reconstrucción y puesta a disposición de nuevos sentidos. Los datos estancos no son útiles en sí mismos sino que su valor aumenta cuando se ponen en circulación para ser reinterpretados y mejorados por otros (Lafuente, 2006). En esta línea la Universidad debe aportar sentido común al gran magma de la información, garantizando el acceso libre al conocimiento y contribuyendo al filtro social de negociación de estándares de calidad. Como decía recientemente David Weinberger, «la solución al problema de la sobrecarga de información del que nos habían advertido a principios de los noventa es, curiosamente, generar más información con más metadatos».

La forma de materializar este papel de la Universidad como agente independiente y referente de credibilidad y calidad en la identificación, producción y comunicación del conocimiento abierto se podría enmarcar dentro de lo que Juan Freire ha definido como comisariado digital.

«Las marcas, las empresas de medios y muchos individuos se acabarán convirtiendo en comisarios digitales, cuya actividad principal no será ya la creación de contenido. De hecho, mientras que el crecimiento continuado de los contenidos los devalúa, este mismo proceso hace que surjan continuamente nuevos nichos que pueden ser explotados por estos comisarios.» (Freire, 2008)

La Universidad tiene un papel que desempeñar en la construcción de su identidad digital como mediadora para ofrecer los contextos de participación, interacción e innovación que necesita el bricolaje del conocimiento colaborativo en la cultura digital. Como buena anfitriona del pensamiento, debe ofrecer el libre acceso a los recursos necesarios para el trabajo en red al mismo tiempo que reconoce y potencia la red social que se genera a su alrededor. En otras palabras, la Universidad debe convertirse en un nodo de referencia, en un espacio abierto para el pensamiento distribuido con capacidad para reconocer, atraer y gestionar la inteligencia colectiva.

«El aprendizaje de la subjetividad, de la relación del sí con el sí mismo, debe también estar mediatizado, en el espacio público, por los Otros generalizados, que permiten el acceso a la ciudadanía. La cuestión de la mediación se ha convertido a la vez en central y crítica en todos los ámbitos de la vida social, cada vez más “societaria”, es decir dependiente de las configuraciones de actores que interactúan en dichos campos, parcialmente estructurados por instituciones, normas y relaciones de poder. Las instituciones no son solamente las obligaciones que se imponen a los individuos, sino también los recursos que deben aprender a movilizar eficazmente.» (Dubar, 2002, pág. 253)

Para concluir, podríamos aventurar que el valor de la Universidad no está en lo que se cuenta en las aulas, sino en lo que sucede en esas aulas y fuera de ellas, en la experiencia de aprendizaje que sea capaz de promover, generar y comisariar en un entorno de conocimiento abierto y cultura digital. El reto de la Universidad en este sentido se basa en interiorizar, practicar y divulgar estos elementos como una forma de diferenciarse en una economía del conocimiento y construir un modelo coherente con su función social.

Bibliografía

Deuze, Mark (2006). «Participation, Remediation, Bricolage: Considering Principal Components of a Digital Culture». The Information Society. N.º 22, pág. 63-75.

Dubar, Claude (2002). La crisis de las identidades. La interpretación de una mutación. Barcelona: Edicions Bellaterra.

Freire, Juan (2008). «Conocimiento y usuarios en la cultura digital». Revista FRC. N.º 16, pág. 53-57. <http://www.fcampalans.org/archivos/revista/13.jfreire.pdf>

Lafuente, Antonio (2006). «Ciencia 2.0». En: 20 años de la Ley de la Ciencia (1986-2006) [monográfico en línea]. Madrid. Número especial, diciembre 2006. [Fecha de consulta: 20/11/08] <http://www.madrimasd.org/revista/revistaespecial1/sumario.asp>

Lafuente, Antonio; Pimentel, Juan (1998). «Los imperativos de la objetividad. El escamoteo del sujeto». Revista de Occidente. N.º 210, pág. 75-92. [Fecha de consulta: 10/12/08]. <http://hdl.handle.net/10261/6595>

Lara, Tíscar (2007). «El currículo posmoderno en la cultura digital». En: Cultura Digital y Comunicación Participativa. Zemos98. [Fecha de consulta: 16/12/08] <http://www.zemos98.org/culturadigital/culturadigital.pdf>

Lara, Tíscar (2005). «Blogs para educar. Usos de los blogs en una pedagogía constructivista». Revista TELOS.  Octubre-Diciembre 2005. Vol. 65, pág. 86-93 [Fecha de consulta: 10/11/08]. <http://www.campusred.net/telos/articulocuaderno.asp?idarticulo=2&rev=65>

Lara, Tíscar; Freire, Juan; Martí, Daniel (2007). «Innovación educativa con blogs». En: Experiencias de Innovación Educativa na Universidade. Colección Formación e Innovación Educativa na Universidade. 73-83.

Pernías, Pedro; Marco, Manuel (2007). «Motivación y valor del proyecto OpenCourseWare:  la Universidad del siglo xxi». En: «Contenidos educativos en abierto» [monográfico en línea]. Revista de Universidad y Sociedad del Conocimiento (RUSC). Vol. 4, n.° 1. UOC. [Fecha de consulta: 15/12/08]. <http://www.uoc.edu/rusc/4/1/dt/esp/pernias_marco.pdf>

Tíscar Lara
Vicedecana de Cultura Digital en la EOI
Docente del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid

* Se publica con permiso explícito de la autora. Originalmente puesto online en http://tiscar.com/2009/04/21/el-papel-de-la-universidad-en-la-construccion-de-su-identidad-digital/

Cultura digital y la comunicación participativa

Hablar de cultura digital y comunicación participativa ha supuesto para esta edición (y el seminario del que proviene) partir de dos presupuestos que recogemos de la propuesta de David Casacuberta en su texto “Cada hombre, un artista” en el libro “Creación e Inteligencia Colectiva”.

Los dos presupuestos son:

1. Cuando hablamos de cultura digital, la tecnología no es un elemento tan importante como pueda parecer a primera vista.

2. Además de ser una forma de organizarse y producir, la comunicación participativa es, antes que nada y por encima de todo lo demás, una actitud y un posicionamiento ético en relación a la función de internet en el desarrollo y distribución de la cultura.

Los dos presupuestos están claramente interrelacionados: el segundo punto es un buen argumento a favor del primero. Y a su vez, el primero permite comprender mejor al segundo.

Si proponemos partir de estas máximas es precisamente porque advertimos en muchos casos una falta de conciencia al respecto. Quizás porque lo digital parece que paradójica e inexorablemente está siempre ligado a su definición en contraposición de lo viejo con lo nuevo.

Si atendemos a la evolución de los medios de comunicación, haciendo un ejercicio intensísimo de síntesis histórica y siguiendo el excelente análisis que realiza Jesús Carrillo en “Arte en la Red” en torno a los nuevos medios y la cultura digital, pasamos del teléfono (uno a uno) al mass media tradicional (uno a muchos), que da lugar a los new media (muchos a muchos).

Se entiende que el nuevo modelo varía de los anteriores porque de sólo recibir la comunicación pasa a transformarse en mucho más: participación, producción, reproducción, difusión de contenidos, etc. Es una nueva manera de relacionarse con el mundo a partir de un proceso de digitalización general de la producción cultural contemporánea. Y según Lev Manovich, este nuevo panorama surge de la fusión de dos tradiciones que habían coexistido durante los siglos XIX y XX: la fotografía y la computación.

Carrillo propone el ejemplo de Manovich con el daguerrotipo, construido por Louis Daguerre en 1839, un invento precursor de la fotografía moderna. Supuso, sobre todo, una revolución en el mundo de la información, ya que permitió cubrir el seguimiento de la Guerra de Crimea y de la Guerra de Secesión estadounidense. Por otro lado, y también en el siglo XIX, el matemático e inventor británico Charles Babbage elaboró los principios de la computadora digital moderna. Inventó una serie de máquinas, como la máquina diferencial, diseñadas para solucionar problemas matemáticos complejos. La máquina ya incluía una memoria para guardar los datos, un procesador para las operaciones matemáticas y una impresora para hacer permanente el registro.

La fusión de lo viejo con lo nuevo se produce cuando, como plantearía Negroponte, pasamos de átomos a bits. Argumentaba entonces que la mayor parte de la información que recibimos nos llega en forma de átomo (periódicos, revistas, libros), lo que espontáneamente nos hace evaluar y medir el transporte de esa información en átomos. La llegada del bit, que «no tiene color, tamaño ni peso y viaja a la velocidad de la luz y es el elemento más pequeño en el ADN de la información», iba a ser el culpable de que esa forma de entender el mundo cambiara. Los “nuevos medios” ya estaban aquí.

La cuestión está en que, aunque en muchos casos sigan teniendo una apariencia similar, cuando se produce el fenómeno de la digitalización, los datos son pasados a un ordenador multimedia donde pueden ser almacenados, clasificados, alterados, copiados o puestos en circulación a través de internet con suma facilidad.

El mero hecho de hablar de “medios”, aunque sean “nuevos”, es aludir al concepto de “medio de comunicación” (tradicional) que tiene relación con unos modos de producción y difusión determinados: editoriales, cadenas de radio y televisión, industrias cinematográficas y discográfica, etc.

Se alude por “herencia histórica” a una manera de ser espectador, un patrón de comportamiento, unos términos legales, un modelo de industria económica. Lo que quiero decir es que los nuevos medios son mucho más dependientes de los viejos de lo que se podría pensar. Lo nuevo, más que como elemento transgresor, se queda muchas veces en reclamo publicitario: la interactividad del SMS o la posibilidad de bajarse música de la red previo pago. Son extensiones de los patrones dominantes más que una redefinición de los mismos.

Sin embargo, y a pesar de la herencia que “sufre” la cultura digital, la fragmentación de los contenidos que permite la hipertextualidad, multitextualidad, el concepto de multitud en red, la posibilidad de compartir y copiar contenidos, la participación de diferentes sujetos en una misma producción, las intersecciones entre arte, ciencia y tecnología, o los modos de accesibilidad y telepresencia que permite internet, no puede dejar de ser tomada en cuenta. La remezcla, que permite utilizar la tecnologóa para recrear nuevos materiales y discursos, tiene la capacidad de transformar la concepción del mundo.

Quizás en estos momentos se está definiendo una nueva cultura, una cultura del remix, en el que los creadores (que podemos ser todos y cada uno de nosotros, sin complejos) producen conocimiento (re)utilizando retazos de otras creaciones, deshaciéndolas y adaptándolas en función de sus intereses. Una cultura en definición hacia un modelo de creación colectiva.

New media, net art, participación ciudadana, activismo, artivismo, digital, tecnología, mensaje, medio, ciencia, arte, poder, censura, control, cibernética, rizoma, simulacro, interfaz, internet, hipertexto, interconectividad, interactividad, creación, comunidad, educación, educomunicación, e-learning, comunicación, wiki, blogs, conductismo, pedagogía crítica, tecnoformalismo, nuevas tecnologías, tic, software libre, copyleft, teleformación… esta publicación es un pequeño compendio de textos en torno a las palabras clave que van definiendo esta nueva cultura de la participación.

Rubén Díaz López
Coordinador del colectivo ZEMOS98 y su festival audiovisual.
http://incongruente.zemos98.org

* Agradecemos al autor el permiso para poner online este artículo que originalmente fue publicado con motivo de la realización del Seminario de Cultura Digital y Comunicación Participativa realizado en la Universidad Internacional de Andalucía en noviembre de 2006.

Medios digitales y sentimientos

Científicos de la University of Southern California, dirigidos por el Dr. Antonio Damasio, realizaron una investigación donde concluyeron, entre otras cosas, que la rapidez de los medios digitales no deja tiempo al cerebro para procesar sentimientos como la admiración o la compasión ante el sufrimiento psicológico ajeno.

El estudio, publicado en la edición digital de “Proceedings of the National Academy of Sciences”, fue realizado con trece voluntarios a los cuales se les pretendió inducir un sentimiento de admiración ante una virtud o habilidad o de compasión ante un sufrimiento físico o moral basándose en historias reales convincentes.

Los investigadores concluyeron que los seres humanos pueden procesar la información muy rápido, respondiendo en fracciones de segundo a signos de dolor físico en los demás, pero la admiración y la compasión, dos de las emociones que definen a la humanidad, requieren mucho más tiempo.

El grado de emoción fue verificado a través de una serie de entrevistas antes y después de tomar imágenes del cerebro.

Estas imágenes mostraron que los voluntarios necesitaron entre seis y ocho segundos para reaccionar plenamente a las historias sobre virtud o sufrimiento moral.

Sin embargo, una vez despertada esta emoción, la respuesta duró mucho más que las reacciones suscitadas por las historias que se centraron en el dolor físico.

En opinión de Mary Helen Immordino-Yang, el estudio tiene relevancia para la enseñanza. La culpa no la tienen los medios digitales, sino “cómo se utilizan esos instrumentos”, subraya.

Según el sociólogo español Manuel Castells, “en una cultura de medios en la que la violencia y el sufrimiento se convierten en un espectáculo sin fin… se instala gradualmente la indiferencia ante la visión del sufrimiento humano”.

Pero Castells señaló que le preocupan menos los espacios sociales por Internet, algunos de los cuales pueden brindar oportunidades para la reflexión, que “la rapidez de la televisión o los juegos virtuales”.

El estudio es el primero que investiga las bases nerviosas de la admiración y que se centra en la compasión en un contexto más amplio que el del dolor físico.

“De hecho separamos el bien del mal en parte gracias al sentimiento de admiración”, señaló Antonio Damasio.

Los científicos también observaron que estas emociones están firmemente enraizadas en el cerebro y los sentidos, y afectan a sistemas nerviosos primordiales que regulan la química sanguínea, el sistema digestivo y otras partes del organismo.

El ejemplo más claro, según Immordino-yang, es el “corazón roto” del que hablan los poetas. “Estas emociones son viscerales, en el sentido más literal son la expresión biológica del ‘haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”, dijo.

Redes sociales: entre el control y la transformación social

El 4 de febrero pasado Facebook modificó, de forma unilateral y sin previo aviso, los términos de uso de la promocionada red social. Los diarios de todo el mundo no se harían eco de la noticia hasta casi dos semanas después. El revuelo fue inmediato. Las  denuncias y protestas de millones de nosotros, los “internautas”,  hizo que la empresa no tardara en anunciar su renuncia a aplicar las nuevas normas. Las condiciones de uso continuarían siendo las anteriores.  Es decir que Facebook sigue apropiándose de los derechos de todo lo que publicamos en esta “red social”.

La cesión de derechos es válida hasta tanto no nos demos de baja de la plataforma, mantengamos o no activa la cuenta. Todo ello pretendidamente bajo la jurisdicción de las leyes estadounidenses.  Facebook es sólo un ejemplo. Condiciones similares son habituales de otras aplicaciones de la Web 2.0 (Web 2.$ es una descripción alternativa válida) y también en algunos servicios de webmail y de mensajería instantánea.

Lo cierto es que mientras algunas empresas de Internet vigilan, controlan, abusan…. nosotros seguimos como si nada ofreciéndoles gratuitamente contenidos que son los generadores de valor… no sólo simbólico.

En este marco ¿Cuál es el interés de los grandes grupos de comunicación en promocionar estos espacios que buscan competir con ellos en el reparto de los gastos publicitarios? ¿Tendrá algo que ver el hecho de que se trata de fabulosos mecanismos de control social, o cuanto menos de recolección de información personal y social? ¿Acaso existe manera más fácil y barata de conocer los gustos personales y comportamientos y grupos de pertenencia de millones de personas con nombre, apellido, edad y ciudad de residencia?

El perfeccionamiento del panóptico reside en conseguir que quién esté dentro haya ingresado voluntariamente en él y no tenga presente que siempre hay alguien observándolo.

¿Cuál es el atractivo que encontramos los  millones de aficionados a este tipo de aplicaciones de la red en estar permanentemente expuestos a la mirada y el juicio de conocidos y extraños? ¿Será acaso que finalmente todos sentimos la pulsión narcisista de mostrarnos sin importarnos que mostramos? ¿Descubrirá la vidriera o escaparate digital que en realidad el resguardo de la intimidad es, o más bien era, una construcción social y cultural producto de una pacatería impuesta desde el poder? ¿Qué ha cambiado para que desde los grandes medios de comunicación y desde ciertos sectores académicos, unos y otros tan vinculados a otros poderes, se anime ahora a la exposición desinhibida de nuestros pequeños logros, de nuestras miserias, de nuestros cuerpos e ideas, de nuestros deseos, recuerdos y frustraciones, de nuestros amigos y de nuestros enemigos, de nuestras tonterías, de nuestros gustos, del color de nuestro dormitorio, de la forma de nuestro pie y del zapato que usamos, de nuestras extrañezas y aficiones?

Toda nuestra vida expuesta sin pudor en una ilusión de transparencia incapaz de revelar más que una capa exterior,  comercializable,  de quienes somos.

Me produce perplejidad la promoción continua de la superficialidad y el escepticismo como actitud ante la vida que se desprende del mensaje de los medios que se refleja con sorprendente fidelidad en la web 2.0. Perplejidad aún mayor ante la desvalorización que existe del compromiso con las propias ideas y con la vida de uno y la de los demás.

¿No es hora de pensar lo que hacemos en la Web, cómo lo hacemos y para qué lo hacemos?

Es importante que no permitamos que las redes terminen pescándonos.

Comunicarnos sí, pero con verdadera libertad. Ser dueños de nuestros deseos y de nuestros actos. Quizás sea hora de comenzar a migrar hacia otros espacios menos controlados. La red es amplia, no tengo dudas que encontraremos otros lugares y si no es así, busquemos la forma de crearlos.

¿Qué sería de Facebook y de la llamada Web 2.0 sin nosotros?

Apostilla

Alguna vez, muchas personas en el mundo tuvimos la esperanza en que la paz y la justicia terminarían por prevalecer en las relaciones entre las naciones y entre las personas. Que la miseria, el hambre y la guerra terminarían por desaparecer. No ha sido así, todavía.

El consumismo lleva en sí mismo la destrucción del planeta. Lo realmente importante es concentrarnos en mejorar realmente las condiciones de vida de las personas, de todas las personas. Una vivienda digna con agua potable y servicios sanitarios, alimentación suficiente, servicios de salud, educación de calidad. El mundo está en condiciones de alcanzar estos objetivos. Para ello nos lo debemos proponer con hechos, no sólo con declaraciones políticas de buena voluntad, ni  adhiriendo a grupos de apoyo o de repudio en una red social.   En última instancia, la mejora de las condiciones de vida de la humanidad depende de cada uno de nosotros. En tal sentido, el modelo de funcionamiento de las redes sociales, al mostrarnos con claridad que los seres humanos somos el fundamento de la red, contienen un germen de transformación de enorme potencial. Ponen de relieve que es posible trabajar junto a otros en pos de un fin común.

Intuyo que muchas personas en el mundo empiezan a darse cuenta que debemos empezar a cambiar nuestro modo de actuar. Que uno más uno más uno son mucho más que tres.

Diego Levis
Doctor en Ciencias de la Comunicación
Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA
http://www.diegolevis.com.ar

Todos somos migrantes digitales

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Se publican todos los días cientos de artículos sobre los llamados nativos digitales. La nueva categoría cae en boca de cualquiera que busque demostrar algún vínculo con la era Google o su pertenencia a alguna periferia de la Web 2.0. Cada vez suena menos creíble y escala posiciones a toda velocidad en los índices de la vergüenza ajena. Nativos digitales fue casi un slogan de evangelización, una convención emergente de reductos académicos y geeks que pronto acabó por no decir nada. El culto por una especie que no existe es una categoría binaria diseñada en las últimas trincheras de la era de la imprenta.

La idea de nativos digitales poca cuenta puede dar de las dinámicas postautónomas de las redes sociales o de los videojuegos, del remixado de contenidos o de cualquier indicio de intervención en el nuevo espacio público. Muchos menos, cual software, de las identidades abiertas o de las latitudes inexploradas de los dispositivos móviles.

La endogamia y la autoevangelización lleva a muchos taggearse como “nativos digitales” (he visto curriculums y biografías que así lo expresan, y que no enlazo o publico por vergüenza ajena) y otros tantos como “inmigrantes digitales”, casi como excusa inapelable del desentendimiento o la confusión ante nuevas herramientas o contextos inéditos de interacciones.

La ficción binaria que relata un mundo dividido entre nativos e inmigrantes, no obstante, da cuenta de una brecha generacional sin precedentes, que impacta directamente en los hábitos de consumo y lecturas transmedia. Pero no más. Evita el problema de la postexploración de una red de zonas que demanda menos descubrimiento que invención. En ese sentido, quien crea que haya llegado a algún lugar, quien crea ser un “nativo digital”, sólo demuestra su incapacidad de moverse y transformarse, de migrar. Sólo por dar un ejemplo brutal: Google es el migrante por antonomasia. La empresa migra todo el tiempo hacia nuevos horizontes, que no existen hasta que los proyecta y construye. De igual modo podríamos referirnos a Amazon o Apple.

El romanticismo digital muchas veces es tanto o más rancio que cualquier apóstol de la Escuela de Frankfurt. La categoría de nativos digitales no entiende porque no se empapa, no explica porque no reconoce y sobrevive a falta de otra. Es un lugar común. Nos dice más sobre quienes la utilizan que sobre el conjunto al que pretende hacer referencia.

Lorenzo Vilches en La migración digital, un libro editado en 2001 e imprescindible para interesados en estos asuntos, tenía razón: No sólo explicó por qué “todos somos emigrantes de una nueva economía regulada por las dinámicas tecnológicas”, o cómo “la migración digital concierne en primer lugar a los sujetos interconectados que llegan a la nueva frontera de la comunicación y de lo real”. Además, dando por default que en la era postbiológica la conexión es más importante que la comunicación -y eso que Twitter no era ni un proyecto en aquella época-, sugirió la tesis de que “si la economía de los nuevos medios se dirige hacia lo simbólico, y si la industria del marketing será más importante que los productos, el papel que juega la narración para amplificar los mitos de la economía y las tecnologías aparece como indispensable para escribir la historia de la nueva sociedad”.

Mientras en los medios se leen todo tipo de notas, sobre la Generación I, la Generación R, M y no sé cuántos intentos fatuos más por renombrar a los más jóvenes, casi como buscando un punto fijo desde dónde pensar y dar raíz a la infraestructura de la narración, el mundo deja de dividirse entre norte y sur, inmigrante o nativo, u otras fronteras de reducción binaria que cancelan la complejidad negando el desborde intelectual de las estructuras de negocios, educativas y políticas.

¿Será que seguir contándonos la historia con categorías que fracturan la discusión en dos y arma bandos enfrentados es la médula de la crisis? En una historia contada así, no hay salida. Sólo refugiados. Y parece más interesante sospechar de ese binarismo nativo-inmigrante que intentar calzar en algún de los dos extremos.

Sea como fuere, podríamos resumirlo así: la inflación teórica de la dicotomía nativo-inmigrante suspende la mudanza intelectual y posterga el rediseño de los relatos. Refugia y cobija al pensamiento paralítico en la esperanza de un recambio generacional. La migración en sí, algo más complejo que la liquidación conceptual de una generación, es todavía un red de incógnitas. Innenarrable. Inescrutable.

Pablo Mancini
Profesor del Magíster Internacional en Comunicación y Periodismo Digital de la Universidad Mayor (Chile)
Gerente de servicios interactivos de El Comercio (Perú)

Nota publicada con permiso del autor. Originalmente publicada en http://www.amphibia.com.ar/todos-somos-migrantes-digitales/

Ni nativos ni inmigrantes: llamadles náufragos digitales

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Nativos digitales ha sido quizás la denominación que más ha cautivado en la descripción de los jóvenes nacidos tras los 90. A partir de esa metáfora pensada a comienzos de este siglo, ríos de tinta se han escrito. Sin dudas, Marc Prensky dio en el clavo, cuando denominó de esa manera a los  nacidos en un mundo ya digital. Pero también es cierto que ésa es una forma de categorizar que levanta dudas, suspicacias, adhesiones y rechazos. De hecho, para muchos analistas, agranda indebidamente una brecha generacional con los adultos, y especialmente: atemoriza a los docentes quienes se sienten en desventaja frente a las habilidades digitales de sus alumnos.

Nativos Digitales

Recientemente Javier Velilla dedicaba en su blog varias entradas a los Nativos Digitales y en ellas recordaba que:

“Hace unos meses el consultor creativo y estratégico experto en el mundo de los jóvenes, Jeroen Boschma (2008), retomaba este análisis en su libro Generación Einstein. En su opinión, las personas que nacieron después de 1988 forman parte de una generación de nativos digitales que “les ha dotado de una manera de procesar la información más cercana a Einstein (creativo y multidisciplinar) que a Newton (racional, lógico y lineal)”. Es decir, determinados elementos compartidos definen unos principios comunes sobre la visión de la vida, el contexto y, por supuesto, los valores”.

Sin embargo, hay un aspecto que valdría la pena repensar acerca de estas denominaciones, y es el hecho de que esos nombres no dejan de poner el acento en forma casi única, central y categórica en el contexto tecnocultural (digital) de nacimiento dejando por fuera otras aristas que hacen a la cuestión generacional. ¿Determinismo tecnológico? Mmmmhh…

Lo que no hemos tomado en cuenta al aceptar como válida esta definición (reconozcamos acertada en buen parte en su descripción de lo fáctico en torno a estos jóvenes) es que, aceptarla, implica a la vez, estar de acuerdo con la idea de que estos jóvenes son así básicamente por la tecnología y no por otras variables, entre ellas su generación precedente y su contexto vincular (con los otros y con las máquinas).

Nativo Digital es considerado aquel que ha nacido y crecido en un entorno digital y esa variable es tomada casi como la única determinante en su subjetivación y “elección” de forma de vida. Sin embargo, no deja de reconocerse que hay jóvenes, que a pesar de su pertenencia generacional, no son “digitales”. Nadie discute el indudable “parecido del hombre con su tiempo”, pero éso sólo no alcanza para definir subjetividades. Lo dice quien cree en ellas fuertemente y acepta que estas generaciones son diferentes (en algunos aspectos) a anteriores. Lo dice quien ha tenido la suerte de recorrer partes del mundo discutiendo sobre ello. Pero también lo dice quien, en su día a día,  lidia en la consulta con la repetición de estructuras familiares y esquemas repetidos que provienen o bien de los genes o bien de su aprendizaje en el ambiente familiar y vincular.

Wikipedia dice que: “A digital native is a person who has grown up with digital technology such as computers, the Internet, mobile phones and MP3“.

Wikipedia dice con qué ha crecido esta generación y no con quién, y esto no es un dato menor a la hora del análisis de qué queremos decir cuando hablamos de nativos digitales. Caemos una y otra vez en la trampa de poner en manos de la tecnología nada más y nada menos que el futuro. En algún sentido, cuestionar esto me acerca (a pesar de tener ciertas diferencias) a la postura del excelente y amplio informe  Jóvenes y Cultura Messenger coordinado por Angel Gordo Lopez, donde, entre otras cuestiones, se critica la naturalización de la relación jóvenes-computadoras.

Un referente en la cultura digital como lo es Juan Freire escribe en su blog, a propósito de los nativos digitales que:

“Palfrey discute en su blog las dificultades que presenta la definición e identificación de los nativos digitales con respecto a otros colectivos demográficos, geográficos o culturales y propone algunos criterios para su definición. La edad, la pertenencia a una generación cronológica, no es un factor suficiente ni que identifique las razones últimas de la pertenencia de una persona a esta categoría (negritas mías):

- Not all people born during a certain period of history (say, after the advent of BBSes) are Digital Natives. Not everyone born today lives a life that is digital in every, or indeed any, way. For starters, only about 1 billion of the 6.7 billion people in the world have regular access to the supposedly “World Wide Web.” In other cases, young people we are meeting choose to have little to do with digital life.

Juan Freire reafirma que ni el contexto tecnocultural, ni la edad, definen por sí solos la llamada digitalidad. El hábito no hace al monje y la conectividad no construye per se la llamada Generación Einstein, la misma a la que Nicholas Carr ataca por su estupidez googlena. Como también señala John Palfrey  quien está a cargo del  Berkman Center of Internet and Society, hay nativos digitales que no son digitales e inmigrantes digitales con comportamientos digitales envidiables para un nativo.

Adolfo Estalella ha dedicado también una entrada a esta cuestión en su blog recordando que fueron dos:  Digital Natives, Digital Immigrants y Do They Really Think Differently?  los escritos de Marc Prensky que fueran seminales para la comprensión de este fenómeno social, mientras toma una postura contraria a esta denominación que entiende no adecuada y fracturante del diálogo intergeneracional.

Debemos entonces continuar describiendo y buscando parecidos y diferencias y sobre todo razones para ser digital o inmigrante más allá de la fecha de nacimiento.

El último estudio llevado a cabo en  Argentina sobre este tema, estuvo a cargo de dos señales de televisión infantil y abunda en detalles sobre las características de esta generación y su relación con la tecnología.

Las conclusiones surgieron después de consultar nada menos que a 3.000 chicos de entre 7 y 15 años, de clases media y media alta, entre los cuales (prestemos atención) el 53% dijo que no podría vivir sin televisión, 48% sin la computadora, 37% sin Internet, 35% sin celular, 34% sin videojuegos y 30% sin equipo de música.

Descubrimos o más bien confirmamos, a través de este estudio que los llamados nativos digitales no pueden vivir sin sus tech devices, pero nada se dice allí de sus padres, abuelos, hermanos o amigos. ¿Podrán vivir solos aunque hiperconectados? ¿Qué fantasía robinsoncrusoniana digital se esconde detrás de todo esto? ¿Por qué solemos omitir ese aspecto en nuestras discusiones?

Sabemos por experiencia que navegan solos. Son la Generación de la Red, de la Interactividad, del Downloading, del Instant Messaging, del MSN, pero sobre todo son la Generación del Naufragio. Nos  han dicho que parece ser que la modernidad  se hundió y con ella han perecido ideales, referencias, buques insignia y…capitanes. Estos jóvenes han aprendido a navegar solos porque han quedado solos, porque los hemos dejado solos (náufragos tecno-dependientes),  mientras naturalizamos cómodamente su relación con las computadoras y nos abstenemos de influir en sus vidas. Son nativos digitales que se han echado a la mar sin rumbo, ni capitán, con sus rudimentarias herramientas como guías para el océano infotoxicado, en buena medida porque la generación anterior se ha abstenido de participar y eso ha generado una relación con la tecnología muy cercana. Si no consideramos esto a la hora de pensar en nativos o inmigrantes, poco comprenderemos acerca de las similitudes y diferencias inter e intrageneracionales. El Informe Generaciones Interactivas en Iberoamérica confirma todo esto con datos de siete países. Ni padres, ni docentes participan activamente en la guía de estos jóvenes por el mundo de la web. Muchos ni siquiera saben qué hacen sus hijos cuando están frente a la computadora.

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Increíblemente aun, a pesar de todo,  los náufragos piden ayudan.

Hay veces que nos recuerdan en casa o en la escuela nuestro rol guía, modelador, nuestra función de capitanes.
Pero también hay muchas veces que simplemente callan, obvian las preguntas por ser conocidas las respuestas y siguen y encallan en las rocas, o descubren nuevos mundos, nuevos trucos, nuevas percepciones y llegan a ser como el jovencito Lim Ding Wen un creador de aplicaciones para el i-phone de tan sólo 9 años de edad.

Esa quizás es la vida del náufrago digital: un joven nacido generalmente después del 90, con padres modelo Simpson, con escuelas del siglo XIX maquilladas y tecnología omnipresente. Vidasconect@das a los otros, la tecnología y sostenidos por esa conexión porque muchas veces resulta más confiable que los vínculos con los otros cercanos. Pero para todo ello, para ser náufrago digital, no es necesario tampoco ser joven, por eso hay adultos digitales, que, como inmigrantes, se manejan mejor que los nativos.

Como decíamos (La vida de un Nativo Digital año a año) estos jóvenes han visto aparecer a lo largo de su crecimiento -como notablemente aparece en el PowerPoint  Presentation del informe Teens and the internet-  del Pew Internet, decenas de nuevas tecnologías que han cambiado sus vidas.

Es curioso también observar cómo en esa presentación tan notable y esclarecedora,  aparecen  nulas referencias a personas, líderes, ideas. Lo vincular se reduce allí al vínculo con la tecnología omitiendo las relaciones intergeneracionales en un descuido harto común al discutir sobre nativos o inmigrantes.

Esa es la vida del náufrago digital: recorrer en solitario los excesos de información, imágenes e individualismo como describiera Marc Augé la  sobremodernidad,  para buscar sentidos y existencia. Y para el naufragio… no hay edad.

Por eso se puede ser náufrago joven o viejo. No es la fecha de nacimiento, ni el contexto digital, sino el contexto vincular (con los otros y con las máquinas) lo que determinará la “natividad digital”.

Por eso, la natividad no pasa por la fecha de nacimiento ni por pertenecer a una generación. Mientras los científicos sociales sigan ignorando la importancia del vínculo con la pant@lla y con los otros, como elemento fundamental a la hora de determinar pertenencias, poco se podrá avanzar.

Cuando nos circunscribimos a lo tecnológico, terminamos siendo deterministas y sobre todo reduccionistas. No alcanza con estar rodeado de tecnología para ser digital. Lo sabemos. Eso ayuda, eso familiariza, eso hace que sea un lenguaje (no una inteligencia) conocido, cercano. Pero eso sólo no hace al nativo ser  nativo o al inmigrante adoptar la lengua nueva como propia. Hay que ser capaz de relacionarse con las máquinas y fundirse con ellas para ser más que uno sólo (lo han señalado De Kerkhove y Turkle) y en el encuentro con los otros, en la Red, ser mucho más que lo que jamás soñamos. Pero para eso, hay que tener un espíritu de búsqueda de los otros, de necesidad propia de un náufrago.

Quizás paradójicamente se trate de que “sin naufragio, no hay navegación”.

Ps. Roberto Balaguer Prestes
Psicólogo egresado de la Universidad de la República (Uruguay). Postgraduado en Psicoterapia Psicoanalítica de Niños y Adolescentes y de Adultos.
Coordinador de Grupos de Trabajo en los tres Congresos Online del Observatorio para la Cibersociedad, con sede en Barcelona
http://www.robertobalaguer.com

La evolución… ¿Es una línea o una red?

Los que me conocen o han leído mis textos saben que hay dos cosas que no me terminan de convencer: los estudios exclusivamente cuantitativos y las concepciones lineales o secuenciales. En este post me encargaré del segundo tema, mientras que del primero pueden leer algunas reflexiones en Digitalismo sobre la llamada “era del peta-byte“. Que los modelos lineales presentan grandes límites no es ninguna novedad. A las teorías de la comunicación les costó varias décadas abandonar el modelo de Shannon y Weaver según el cual la comunicación es una transmisión lineal de información. Uno de los aportes más importantes de la semiótica a los estudios de comunicación ha sido precisamente la definición de un modelo polémico-contractual de los procesos de producción de sentido. El emisor pone algo, pero también el receptor debe cooperar en la construcción del sentido.

Otro campo donde los modelos lineales gozan de óptima salud es en los relatos históricos o evolutivos. La historia se presta muy bien para ser organizada y narrada a partir de una sucesión lineal de eventos. Este aplicación de los modelos lineales a los procesos evolutivos, llevada hasta sus últimas consecuencias, termina generando discursos míticos embebidos de ideología y fe en el futuro (ver mi serie de posts sobre el mito de la web 2.o). ¿Cómo pensar un proceso evolutivo sin caer en las simplicidades de los modelos lineales? ¿Es posible complementar la lectura lineal con otras perspectivas que nos permitan ver/hablar de otra manera los procesos evolutivos?

Podemos pensar la evolución de un sistema a partir de otras metáforas. Por ejemplo a partir de la metáfora de la red. Si miramos a la evolución desde esta perspectiva, tendremos un panorama diferente. La red sociotécnica (un concepto propuesto originalmente por Pierre Lévy) está compuesta por  tecnologías, lenguajes, sujetos y procesos de producción/apropiación. En determinados momentos, algunos componentes de la red se vinculan entre sí, comienzan los intercambios y un área de esta geografía entran en estado de hiperactividad. Un par de ejemplos me ayudarán a aclarar esta idea:

1) A mediados del siglo XV se unieron varias tecnologías y saberes (la prensa para hacer vino, el alfabeto fonético occidental, el trabajo del metal de los orfebres, el papel, las técnicas de encuadernación, etc.) y se produjo un fenómeno emergente que, tal como nos enseña McLuhan,  afectó a todo el sistema cultural: la imprenta. Sin la unión de esos componentes, en un lugar y un tiempo preciso de la red sociotécnica, la imprenta no hubiera nacido. Los chinos, al no contar con los mismos componentes -les faltaba sobre todo el alfabeto fonético- no pudieron sacarle todo el jugo a la impresión con caracteres móviles, por lo que la imprenta china no terminó siendo una “killer application”.

2) A principios de la década del 1980 una serie de tecnologías entraron en estado de agitación y se unieron entre sí: la computadora Apple Mac con interfaz gráfica, las impresoras láser de HP y el lenguaje PS (Post-Script) de Adobe. Esta unión generó un proceso de agitación en la red sociotécnica que derivó en la emergencia del Desk-Top Publishing (DTP) y el comienzo de una larga transformación en las formas de producir y consumir la comunicación. Sin la confluencia de esos componentes, la historia hubiera sido diferente (de hecho, los ordenadores personales con interfaz gráfica existían en el mercado desde finales de los ‘70, pero no habían tenido éxito comercial).

Como vemos, la confluencia de una serie de elementos técnicos, cognitivos, culturales, etc. en un lugar y en un momento preciso de la red sociotécnica da lugar a la emergencia de nuevas configuraciones. Podría decirse que en este momento de la red sociotécnica el sector de los dispositivos móviles está atravesando un momento de gran agitación. Estas pequeñas interfaces están estableciendo intercambios y contaminaciones con numerosos puntos de la red sociotécnica. Los dispositivos móviles pueden ser vistos como el punto central de una galaxia con conexiones hacia la televisión, internet, fotografía, música, aplicaciones informáticas, etc. No es para descartar que dentro de algunos años este sector de la red alcance un punto de equilibrio y la agitación se traslade a otra área del universo sociotécnico.

Estas agitaciones en momentos y lugares diferentes no llegan a ser plenamente comprensibles si las estudiamos a partir de una serie lineal de transformaciones tecnológicas. El pensar en línea se reduce a mirar hacia atrás y adelante, en cambio el pensar en red nos obliga a buscar conexiones arriba y abajo, a derecha e izquierda, sin descartar el pasado (“atrás”) ni el futuro (“adelante”).

Carlos Scolari
Doctor en Lingüística Aplicada y Lenguajes de la Comunicación.
Profesor titular de Teorías de la Comunicación y Fundamentos de Comunicación Digital en la Universitat de Vic.
Coordinador del Grup de Recerca d’Interaccions Digitals (GRID).

* Publicado originalmente en http://hipermediaciones.com/ y reproducido con permiso del autor.

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