Usted está en las nubes

El último gesto de desconfianza hacia Internet consistió en descargar. Bajar a la propia computadora, con un objetivo de preservación, de protección y seguridad, nuestros objetos digitales preciados: e-mails, libros, música, películas.

Luego, con el incremento del ancho de banda, y la mayor velocidad de transferencia de datos, vino el streaming, la posibilidad de reproducción online de música y videos. Esto hizo innecesaria la acumulación en la computadora personal, de aquello que estaba disponible en el espacio virtual.

Los e-mails, por su parte, comenzaron a ser consultados directamente desde el servidor, dado que la conexión continua por banda ancha dejaba sin efecto el acto de descargar los mismos. Poco a poco la casilla de correos empezó a cumplir la función de pequeño disco (¿rígido?) virtual, donde siempre puede hallarse una copia del adjunto que ya no recordamos donde fue descargado.

Pronto llegó Dropbox, y luego Google Drive, y así nuestros documentos -no sólo nuestra músicas, películas y series, sino también archivos de trabajo y de estudio- comenzaron a ascender hacia la nube. Bajo el concepto de “sincronización”, éstos fueron duplicándose para luego alojarse allí arriba, en el éter virtual.

Objetos culturales como películas, series, discos y canciones, así como libros, artículos, papers, documentos de trabajo y estudio, todo fue lentamente acomodándose en la nube. Casi siempre disponible para nuestra consulta.

Para no dramatizar, convengamos en que los sitios y servicios que acumulan y administran dicha información suelen ser más duraderos y confiables que nuestros propios dispositivos electrónicos, pc, netbook, smartphones, los cuales tienden a quedar añejos y desactualizados a una velocidad que se incrementa día a día. Dispositivos a los que debemos realizar tareas de limpieza y mantenimiento, backups, etc. Por tal motivo dichos dispositivos ahora priorizan la función de acceso a Internet a la de almacenamiento de datos.

Fue así como entró en crisis la idea del sujeto que “navega”, aquel que exploraba la web en busca de sus intereses. Que (des)cargaba algunos objetos de su preferencia en su bote, para luego retornar a tierra firme.

Pero ocurrió algo más, quizás menos perceptible. Como una gran aspiradora espacial, la nube fue succionando parte de nuestro entorno personal y social: nuestra libreta de contactos, nuestros álbum de fotos, nuestros trámites bancarios, nuestros canales de comunicación. Las charlas con amigos, la organización de salidas de fin de semana. Y además, nuestros gustos, nuestras señales de aprobación y rechazo, y en algunos casos nuestros sensaciones y estados de ánimo. Toda una dimensión social y cultural de la vida, susceptible de convertirse en información digital, se fue elevando como el vapor, hacia la nube.

De esta manera, fue cambiando la orientación de nuestra confianza, desde la necesidad de posesión, de descarga y acopio en la pc, para nuestra tranquilidad, a la fe en la buena administración de las corporaciones, como Google, Facebook, que nos insisten en que serán capaces de gestionar con seriedad y seguridad los múltiples elementos de nuestro universo social y cultural. Que serán estables y duraderas, y que seguirán allí cuando nuestro equipo personal deje de funcionar.

Así fue como, un día como cualquiera, ascendimos a la nube. Nos convertimos en entes flotantes e inmateriales transitando armónica y fluidamente entre los vapores. Deteniéndonos a degustar de blogs, cine, música, encontrándonos con amigos, afectos, siempre en un entorno sensorial, audiovisual, estimulante, y hasta onírico.

Pero hay algo importante por considerar. Las corporaciones nos piden algo a cambio de ésta vida celestial: Sing-up. Log in. Regístrese, Crea tu cuenta. Es cierto que podemos ahora dejar de navegar, y directamente hospedarnos allí, y volar y saltar entre los point de capiton virtuales. Pero al costo de construir una identidad, un perfil de usuario, que asocie esas entidades flotantes con el sujeto de carne y hueso, que se mueve tracción a sangre, que vende su fuerza de trabajo, paga impuestos, que puede ser ubicado satelitalmente en el mapa, que posee un documento de identidad, cuenta bancaria, y determinada capacidad de consumo.

Así, toda la acumulación y administración de objetos de nuestra vida cultural, social personal, privada, que decidimos delegar progresivamente a los dioses corporativos de la vida inmaterial, está mediada por un actor fundamental: el usuario (o los usuarios), que creamos desdoblando y multiplicando y haciendo explícitas nuestras identificaciones cotidianas.

Con frecuencia el hipnótico y placentero desplazamiento por la nube nos lleva a ignorar y subestimar las condiciones de nuestra forma usuario, y que todo aquello que delegamos y alojamos allí, implica la entrega de algo a cambio. En ocasiones, el flujo se interrumpe y un mensaje en la pantalla nos indica que debemos renovar el contrato, y que no somos justamente nosotros quienes imponemos las condiciones: ¿Olvidó su contraseña?

Diego Basile

Investigador del Área de Estudios Culturales del Instituto Gino Germani (UBA)
Profesor en la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales

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